De la entrevista hecha a Javier Vidal y publicada en
TalCual del día de hoy:
– Usted, que ha permanecido ajeno a la diatriba política, figura ahora en la lista negra de la revolución.
¿Cómo fue eso de que se metió con el “dueño” del Teresa Carreño?
– El fue quien se metió conmigo.Dos horas antes de levantarse el telón de Luisa Fernanda censuraron las morcillas (parlamentos cortos, jocosos, que van en el intermedio) que habían ensayado el tenor cómico y el grupo. Les advertí que no aceptaría la censura, pese a que los productores me pedían lo contrario para no pagar en multa 30% de la taquilla. Se estrenó y vino la multa. Al día siguiente, el presidente del Teresa Carreño trajo 5 autobuses con gente de los círculos bolivarianos y tomaron la sala. Sentí una atmósfera violenta y, para evitar que se agravara, terminé por eliminar las morcillas políticas.
– ¿Y aceptó la censura?
–Tuve que hacerlo porque en la sala había gente que compró su entrada para escuchar y ver una de las zarzuelas más inocuas, pero excelente, de Federico Moreno Torroba. La frase del lío era “el régimen se cuartea”, que fue censurada. Cuando me comunicaron que no iba la obra y pregunté por qué, el presidente del Teresa Carreño me dijo: porque el dueño del teatro lo necesita, y al preguntar quién era el dueño del teatro, me contestó con una sonrisa cínica: Hugo Chávez. Por primera vez me vi enfrentado a eso que llaman censura, pero he recibido por eso cartas de solidaridad de todo el mundo.
¿Será verdad? No lo sé, en estos días pareciera que nada se puede asegurar, después de todo yo no estuve allí en el Teatro Teresa Carreño para corroborar lo que sucedió, si que algo sucedió en realidad. De haber sucedido, sin embargo, el evento sirve para ilustrar lo inútil que es pedir libertad de expresión, si no tienes libertad económica.
Si el teatro es del estado, es el estado quien decide lo que se exhibe allí. A través de cuáles medios se toma la decisión es irrelevante, el punto es que en cualquier caso, el Estado tiene el control sobre lo que se dice en el teatro y lo que no, contando entonces con un arma efectiva para suprimir las expresiones indeseadas.
Si el teatro fuese privado, no habría ningún problema, puesto que el dueño es quien decide lo que se exhibe y lo que no. Y está en su derecho, puesto que el teatro es suyo y de nadie más. Si sus decisiones son acertadas en cuanto al material que se exhibe, el teatro tiene asegurada su afluencia, lo cual se refleja en ganancias. De lo contrario, eventualmente el repudio del público lo llevará a la quiebra y del teatro se encargará un empresario más competente, desde el punto de vista de la audiencia. El mecanismo del mercado resuelve el asunto sin violencia y más importante de manera voluntaria.
Ergo, ¡privaticemos los teatros!