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Dicen que es mejor hablar como historiador después, que como profeta antes. Hoy sin embargo, voy a hablar un poco en rol de profeta, o tal vez simplemente voy a expresar mis inquietudes respecto al inminente Referéndum Revocatorio.
Hasto no hace muchos años las elecciones en Venezuela se realizaban de manera totalmente manual, desde el acto de votación, el escrutinio y la totalización, siempre se supo el ganador la misma noche de la elección, con la excepción del año 1968, cuando la diferencia de unos 30.000 votos mantuvo en vilo a los venezolanos por una semana entera. Desde luego que tal sistema no es perfecto y se presta a manipulaciones, abundando por tanto las denuncias de fraude. En el 1993, en las elecciones que ganó Rafael Caldera, se habló mucho de que hubo una conspiración para evitar que el candidato de La Causa Radical, Andrés Velásquez ganara una elecciones que resultaron ser bien cerradas. Lo cierto del caso es que Velásquez nunca hizo mucha buya al respecto, al menos ninguna que yo haya oido, lo cual me hace pensar que la teoría del fraude en el 93 no tiene mucho asidero.
Estamos a tres días de ir a votar en un proceso que sólo tiene dos opciones: "sí" o "no". ¿Qué tan difícil puede ser contar esos votos? Mi teoría escueta (como todas mis teorías) es que no debería ser extremadamente complicado contar boletas en las cuales sólo puedes decir "sí" o "no", si se compara con elecciones anteriores en las que participaban más de una docena de candidatos. Por supuesto que la teoría se cae cuando se observa a un Consejo Nacional Electoral que transformó la recolección de firmas, un acto que perfectamente pudo ser realizado en el ámbito privado, en uno de los procesos más engorrosos de lo que se haya tenido conocimiento en la historia del país, lleno de trabas y saturado de burocracia por donde quiera que se viera. No extraña entonces que el acto de votación se haya convertido en una verdadera odisea tecnológica, con máquinas "caza huellas" encargadas de digitalizar la huella digital de cada elector, transmitir la imagen vía satélite a un banco de datos, el cual se encarga de compara la información con el resto de los electores nacionales, para descartar que la persona vote dos veces (o doce, según dicen por allí), todo lo cual se supone debe suceder en menos de un minuto; voto automatizado con máquinas de pantalla sensible al tacto, la cual le pregunta al elector si está seguro de que desea votar y emite un "comprobante" para dejar constancia del voto que es depositado en una urna.
Para operar toda la parafernalia tecnológica fue necesario contratar a una compañía especializada, en la cual supuestamente tenía o tiene una participación accionaria, con lo que se hace juez y parte en el proceso. Se debieron comprar o alquilar no sé cuántas máquinas caza huellas e instalar una cantidad nada despreciable de antenas satelitales para transmitir la infrormación dactilar de los votantes. La automatización del voto y la presencia de las caza huellas hace pensar a muchos que el carácter secreto del voto está en peligro poniendo en riesgo a los potenciales votantes en contra del presidente, quienes temen represalias si se conoce su decisión (en un país donde el Estado es la principal fuente de empleo, o se quiere convertir en tal, semejante temor no es extraño) y sabiendo lo que se puede hacer con un programa de computacional la fidelidad del sistema no está clara, al menos para mí.
Todo esto para contar los partidarios de dos opciones, no de sesenta u ochenta, sólo dos opciones hay. Evidentemente el CNE no se maneja con criterios de eficiencia, de minimizar el costo y satisfacer al cliente. Por el contrario el CNE gasta desmesuradamente en un sistema harto complicado, que sólo logrará obstaculizar en vez de facilitar el acto refrendario.
Y para rematar el coctel estatista nos encontramos con la tradicional dosis de centralismo típico de casi todos nuestros gobiernos, el cual obliga a que la toma de decisiones -por más locales que estas sean- a pasar por el visto bueno de los burócratas en la capital. Con esto se logra desde luego que el desenvolvimiento del proceso sea más engorroso de lo necesario. Si realmente la República fuese federal, como lo proclama la constitución, cada estado manejaría su propio proceso, estando más cerca de sus electores y propiciando ahorro en logística, con el poder central del CNE actuando solamente en los casos que requiera coordinación inter-estatal.
Nos encontramos pues ante un proceso inédito en la historia de la república en todos los sentidos, incluso en el de la excesiva e innecesaria complicación de un acto que debería ser sencillo y expedito. De allí el título del artículo, porque como todo programador que se precie de be saber: "sencillo es hermoso".
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Última modificación: 13 de agosto de 2004.
Larry Nieves lnieves@linuxmail.org